Sanar heridas

Ciertamente lo más importante del enfoque que se le pueda dar a los problemas que podemos tener en nuestro interior, son las soluciones que se les pueda dar, de manera que lo fundamental después de haber analizado el perdón, los resentimientos y el rencor, nos interesa ahora ¿cómo sanar estas heridas que han dejado huella en nuestra vida?

Perdonar/ser perdonado

Hay que buscar la reconciliación, y ésta es una palabra clave cuando hablamos de sanación de heridas, pues debemos tener claro que una vez que ha ocurrido algún problema con otra persona, se ha generado una ruptura. Ésta debe reconstruirse nuevamente, en otras palabras debemos volver a construir aquellas relaciones que se han roto por egoísmos, equivocaciones, celos, rencores o malos entendidos. Inmediatamente al abrirse a esta opción de sanar la herida, hemos de estar completamente abiertos a la idea de perdonar profundamente de mente y de corazón a la persona que nos ha causado daño, y a su vez hemos de estar abiertos a pedir perdón con humildad por nuestros errores que han causado daño a los demás. Si no estamos dispuestos a ésta primera acción, el resto de cosas no tendrán sentido alguno, pues primero hay que resarcir el daño que se ha generado por mi torpeza o por la de otros.

Perdonarse a sí mismo

Diría yo que es ésta una de las cosas más difíciles de lograr. Muchos tienen la experiencia de que perdonan o piden perdón, pero aún así les queda una intranquilidad indescriptible, que no les permite sentirse plenamente en paz. Para estas personas, es importante que sepan lo necesario que es perdonarse a uno mismo. Decía un historiador griego llamado Polibio, que “no hay un testigo peor, un acusador tan terrible, como la conciencia que mora en el corazón de cada hombre” De manera que muchos suelen tener la práctica de ser extremadamente duros consigo mismos, algo a lo que Freud llamaría estar constantemente en el superyó.

Debemos recurrir a la virtud de la humildad, la cual nos no desviarnos de la verdad de nosotros mismos, y así tener un juicio y criterio correctos con respecto a nuestra propia realidad. Si hemos cometido un error, pues debemos enmendarlo, y luego de enmendarlo pues no podemos volver al pasado para evitar que suceda. Muchas veces, las personas que no logran perdonarse a sí mismas, caen en este círculo vicioso por vivir constantemente en y del pasado.

Incluso esta realidad es aplicable en el plano espiritual. El ejemplo más común es de aquella persona que va a confesarse (para aquellos que son católicas y se confiesan con el sacerdote), y luego de haberlo hecho y de haber pedido perdón a Dios, aún se siguen sintiendo culpables. Y es que no logran separar el factor emocional del factor racional. En otras palabras, hay que aprender que el hecho de que nos sintamos mal, no quiere decir que estemos mal, y por supuesto también se aplica a la inversa, el hecho de que nos sintamos bien, no quiere decir que estemos bien.

Como muchas veces lo he repetido vivimos en una sociedad sentimentalista que pretende argumentarlo todo con sentimientos y sensaciones. En el caso de las heridas que podamos tener en nuestro interior, la sensibilidad puede llegar a afectar grandemente, haciendo que una persona sea incapaz de perdonarse algo por años de años.

Abrirse a la esperanza

La esperanza de algo mayor de lo que vivimos ahora, es ciertamente una razón para alegrarse, lo cual es bastante bueno para sanar las heridas del pasado. Estar convencidos de que las personas podemos cambiar, de que en el fondo todas las personas buscamos el bien y estamos hechos para amar y ser amados, todas estas realidades (además de la familia que Dios nos ha dado, del que gocemos de buena salud, y también por qué no, de que no gocemos de buena salud para poder hacernos más fuertes) deben llevarnos a gozar de la esperanza de ser felices.

No existe una fórmula secreta para sanar las heridas, sin embargo los pasos para hacerlo, se los encuentra al momento en que dejamos de pensar en nosotros mismos y aprendemos a ser felices con y por los demás.

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